Todavía recuerdo el nerviosismo que me invadía la primera vez que estuve ante un grupo de muchachos. Mis manos sudaban y temía que a la hora de escribir en el pizarrón, lo manchara con mi sudor. Como manera de imponer mi autoridad, hablaba con voz fuerte y cargada de autoridad, quería que los alumnos vieran quien mandaba; no fuera a ser que se dieran cuenta que la verdad me moría de miedo: Miedo a que me hicieran una pregunta que no pudiera contestar. Miedo a que mi clase les aburriera. Miedo a que no aprendieran. Por momentos pensaba que sería justicia divina si los muchachos platicaran, se distrajera o hicieran otras cosas mientras yo daba clase, por todas aquéllas veces en las que siendo estudiante yo hice lo mismo.
Y en realidad nadie nos enseña a ser profesor, aprendemos por ensayo y error (como lo menciona José Manuel Esteve en su escrito). Y es que uno puede planear nuestras actividades educativas, pero hay tantos factores que influyen en que tengamos éxito, que a veces tenemos que estar verdaderamente inspirados para salvar la clase. Desechar el tedio y aburrimiento en los alumnos y en uno mismo es extenuante. Hay que lograr que los muchachos sean críticos y analíticos, que volteen a ver el mundo que les rodea con su problemática; de ahí que surja en mí la ansiedad y me haga las preguntas: ¿qué voy a aportar a esta generación?, ¿qué pretendo lograr con la experiencia que ahora tengo?, ¿qué hago para que mis alumnos aprendan? Y sobre todo ¿cómo le hago para disfrutar en el intento? Y es que a veces me veo como la mamá de mis alumnos, que anda tras ellos para que hagan esto o aquello, incluso los muchachos me dicen a veces: “maestra, ya parece mi mamá”. Y es que la escuela es nuestra segunda casa, ¿no lo dicen todos?
Pero después de 18 años como docente he aprendido a disfrutar más, he adquirido más confianza como maestra, soy más tolerante y más flexible, y aunque sin ser la mejor maestra, sé que hago el intento de lograr que mis alumnos aprendan. Sólo espero que los muchachos me recuerden por lo bueno que pude ofrecerles.
Todos los días aprendo algo nuevo, y de mis alumnos he aprendido mucho también. Ellos me inyectan energía y juventud, y sobre todo ganas de aprender lo que antes me provocaba fobia, como es todo lo relacionado con las técnicas de información y comunicación.
Definitivamente me gusta ser maestra y es toda una aventura serlo. Me congratulo porque es la profesión que escogí, y aunque todavía siento ansiedad algunas veces, cuando pongo en práctica alguna actividad nueva, o tengo grupos nuevos, también me llena de gusto que los alumnos logren aprendizajes nuevos a través de mi.
Y en realidad nadie nos enseña a ser profesor, aprendemos por ensayo y error (como lo menciona José Manuel Esteve en su escrito). Y es que uno puede planear nuestras actividades educativas, pero hay tantos factores que influyen en que tengamos éxito, que a veces tenemos que estar verdaderamente inspirados para salvar la clase. Desechar el tedio y aburrimiento en los alumnos y en uno mismo es extenuante. Hay que lograr que los muchachos sean críticos y analíticos, que volteen a ver el mundo que les rodea con su problemática; de ahí que surja en mí la ansiedad y me haga las preguntas: ¿qué voy a aportar a esta generación?, ¿qué pretendo lograr con la experiencia que ahora tengo?, ¿qué hago para que mis alumnos aprendan? Y sobre todo ¿cómo le hago para disfrutar en el intento? Y es que a veces me veo como la mamá de mis alumnos, que anda tras ellos para que hagan esto o aquello, incluso los muchachos me dicen a veces: “maestra, ya parece mi mamá”. Y es que la escuela es nuestra segunda casa, ¿no lo dicen todos?
Pero después de 18 años como docente he aprendido a disfrutar más, he adquirido más confianza como maestra, soy más tolerante y más flexible, y aunque sin ser la mejor maestra, sé que hago el intento de lograr que mis alumnos aprendan. Sólo espero que los muchachos me recuerden por lo bueno que pude ofrecerles.
Todos los días aprendo algo nuevo, y de mis alumnos he aprendido mucho también. Ellos me inyectan energía y juventud, y sobre todo ganas de aprender lo que antes me provocaba fobia, como es todo lo relacionado con las técnicas de información y comunicación.
Definitivamente me gusta ser maestra y es toda una aventura serlo. Me congratulo porque es la profesión que escogí, y aunque todavía siento ansiedad algunas veces, cuando pongo en práctica alguna actividad nueva, o tengo grupos nuevos, también me llena de gusto que los alumnos logren aprendizajes nuevos a través de mi.
